A veces todo encaja.
A veces todo se rompe.
Cuando comienzas un proceso de autoconocimiento, de toma de consciencia, a veces propiciado por una necesidad de querer sentirte mejor, de sanar cosas que nos hacen daño por dentro, a veces da la sensación de que damos dos pasos hacia delante y tres hacia atrás.
Cuando comienzas a escucharte con presencia, a habitarte, a dejar espacio para sentir, empiezas a conectar con situaciones, emociones, sensaciones que llevaban quizás mucho tiempo silenciadas en ti, que por supervivencia habías dejado, sin saberlo o sabiéndolo, encerradas bajo llave.
Sin darnos cuenta vivimos nuestra vida y nuestras relaciones desde ahí, de manera reactiva (pam, algo se activa en nuestro interior y reaccionamos sin control), desde esas experiencias que nos marcaron y no tenemos acomodadas por lo difíciles que fueron.
Y como duele mirarlas, nos separamos de ellas.
Y trocitos de nuestro ser, de nuestra alma quedan diseminados.
Y, por eso, nos sentimos alejados de nosotros mismos.
Y, por eso, nos tambaleamos a veces. Y, por eso, nuestro movimiento también se bloquea.
Nos hace sentir la necesidad de controlar cada aspecto de nuestra vida para que nada nos desestabilice, para que nada nos haga salir de la zona de falsa seguridad conocida.
Para que no vuelva a pasar.
Pero eso es una losa, que nos atrapa, que nos drena.
Y, por eso, a veces no tenemos energía.
Y, por eso, a veces entramos en piloto automático.
Y, por eso, a veces da la sensación que incluso retrocedemos.
Y, por eso, a veces no estamos en el momento presente.
Y cae una capa de cebolla, y ves otra más.
Y, a veces, pierdes la paciencia y vuelves a la inercia o te replanteas si es el camino.
Confía, sostén, pide ayuda si la necesitas, date tiempo y escucha.
Y, recuerda, que, de nuevo, a veces, todo vuelve a encajar sin esfuerzo ni tanta mente de por medio y la vida fluye fácil.
Un abrazo,
Noemí
